Al principio te llamó la atención lo alta que ponía la tele. Después empezó a recluirse en sí mismo y no sabías qué pasaba. Los informes de la escuela tampoco eran demasiado halagüeños. Hasta que, tras unas pruebas, te hicieron saber que tu hijo tenía una deficiencia auditiva. El diagnóstico y tratamiento precoz son imprescindibles para conseguir una buena adaptación y desarrollo de los niños con este déficit. Una buena planificación terapéutica favorece que un niño con pérdida auditiva tenga una vida lo más normalizada posible y pueda integrarse en la sociedad. Para ello es necesario la cooperación entre un equipo multidisciplinar y la familia. El equipo multidisciplinar aportará los recursos médicos y psicológicos que hagan falta. La familia proporcionará el soporte emocional necesario para el bienestar del niño y del resto de sus integrantes.

La llegada al seno familiar de un hijo con trastorno auditivo total o parcial produce una gran conmoción en los padres.
El déficit auditivo plantea un doble problema: el primero es la deficiencia auditiva del niño y el segundo, y no menos importante, el trauma que esta situación provoca en los padres.

Por un lado, los padres están angustiados por no saber cómo será su hijo y si sabrán cómo tratarlo y educarlo, y por otro deberán asumir que no tienen el hijo perfecto con el que habían soñado. En un principio, es tan beneficioso atender al bebé como a los padres. Los profesionales (pediatra, otorrinolaringólogo, foniatra, psicólogo) serán los que pueden informarlos sobre los cuidados de su hijo y proporcionarles el apoyo de todo tipo que necesiten. La intervención de un psicólogo puede ser de suma importancia para ayudar a algunos padres a pasar por un proceso que consta de varias etapas: crisis inicial o estado de shock, etapa de negación del problema, aceptación de la situación y finalmente actuación. Un niño con una deficiencia auditiva es un niño diferente de los demás, pero estimulado adecuadamente puede llevar una vida normalizada: ser una persona autónoma, cursar estudios, etc.

Según la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.), el niño sordo es aquel cuya agudeza auditiva es insuficiente para permitirle aprender su propia lengua, participar en las actividades normales de su edad y seguir con aprovechamiento la enseñanza escolar general.


[slide name="La sordera infantil se puede definir en función de su naturaleza, de su intensidad o de su origen:"] Sordera de transmisión: La calidad de recepción de la palabra es deficiente. Es la más frecuente.

Sordera de percepción: La deficiencia auditiva afecta a la percepción de las palabras. Las dificultades de aprendizaje fonético son considerables. Este tipo de sordera aparece aislada o asociada a la sordera de identificación.

Sordera de identificación: La comprensión de conceptos es muy difícil debido a la mala recepción y percepción de las palabras. Se produce una alteración de la simbolización de origen central. Puede existir aisladamente pero es frecuente en la sordera de percepción.
Clasificación según la intensidad. Debemos distinguir entre sordera y déficit auditivo definido por los decibelios percibidos.

Sordera total: déficit superior a 85 decibelios.

Sordera profunda: déficit de 60 a 85 decibelios.

Sordera ligera: déficit de 40 a 60 decibelios.

Mala audición: déficit inferior a 40 decibelios.
En estos dos últimos puntos es posible la adquisición del lenguaje aunque con problemas de articulación o pronunciación. Clasificación según el origen u etiología. Alrededor de un 36% de los casos son de causa desconocida, el resto pueden ser una causa:

Genética: Es la sordera congénita que supone el 50% de los casos.

Prenatal: Originada durante el embarazo por enfermedades como la rubéola.

Neonatal: Originada durante el nacimiento (parto, nacimiento prematuro, infección, etc.)

Adquirida durante la infancia: Originada por traumatismos, infecciones, etc. [/slide]

Los primeros años de la vida de un niño son los más decisivos. El problema que puede llegar a tener un hijo sordo está condicionado por el nivel de lenguaje en el momento de aparición de la sordera. Es diferente el desarrollo de un niño con el lenguaje oral y/o escrito adquirido que un niño que es sordo desde el nacimiento. Distinguiremos, pues, los niños con sordera congénita y los de sordera adquirida.

Los primeros son niños con una gran dificultad de comunicación con el exterior ya que carecen de lenguaje (sordomudos). Éstos tienen más dificultades para relacionarse con los demás e interactuar con el medio. Cuanto más intensa sea la sordera mayor probabilidad de que haya mudez. A pesar de esta deficiencia, el niño sordomudo estimulado correctamente desarrolla un nivel de inteligencia normal.

Los trastornos de la sordera adquirida varían en función de si ha aparecido antes de aprender a hablar y/o escribir o después. Si no hay lenguaje, la situación es parecida a los niños con sordera congénita. Si hay lenguaje en el momento de la aparición de la sordera, la dificultad para el desarrollo es menor.
Por todo ello, el diagnóstico precoz y la aplicación de un tratamiento adecuado son decisivos: la estimulación temprana, la utilización de prótesis (audífonos), la reeducación (aprendizaje de lenguaje por signos, lectura labial) y el tratamiento médico-quirúrgico (implantación de prótesis, intervenciones quirúrgicas, medicación…) siempre y cuando el equipo médico lo considere necesario.

La estimulación del niño con deficiencia auditiva deberá potenciar sus posibilidades de relación, comunicación y desarrollo global.
En un principio, se trabajarán las capacidades sensoriomotrices: visual, táctil y en algunas ocasiones, auditivo. Para ello debemos utilizar todo lo que pueda llamar su atención. Por ejemplo, acompañando los estímulos auditivos de vibraciones percibidas por el tacto – un molinillo de café, la lavadora, la voz grave de papá, la aspiradora…-.
Respecto al lenguaje, siempre que hablemos con nuestro hijo deberemos hacerlo de cara permitiéndole que pueda leer nuestros labios. La lectura labial facilita la comunicación (sobre todo en los casos de audición deficiente).
Los padres debemos evitar las conductas de sobreprotección y de rechazo y debemos, por encima de todo hablar, cantar, jugar con nuestros hijos… y, en la medida de lo posible, sin pensar “no me oye”. Debemos considerar que aquello que afecta al niño con deficiencia auditiva no siempre es una cuestión de volumen sino más bien de calidad del sonido. El libro Guía para estimular a niños sordos nos ofrece muchas sugerencias que nos servirán para potenciar la atención del niño con déficit auditivo.

Cuanto más grave es la sordera más frecuentes son los trastornos de personalidad y de desarrollo afectivo.
El niño sordo suele ser más indisciplinado que los demás. A menudo no controla sus reacciones.Da muestras de cólera, agresividad o melancolía cuando se le lleva la contraria. Al enfrentarse a situaciones que no siempre puede dominar, el niño sordo reacciona a la defensiva, huye, se esconde y se aísla de un entorno que le es desagradable o dañino. La privación de comunicación y sus limitaciones en general, son percibidas por el niño como una fuente de frustración. Debido a su déficit, no entiende -como podría hacerlo un niño normal- las órdenes que se le dan en casa o en la escuela. Todos estos aspectos influyen sobre su personalidad y hay que tenerlos en cuenta a la hora de tratar sus conductas inapropiadas. Es recomendable la intervención de un psicólogo para tratar los problemas afectivos del niño y atender las necesidades de los familiares.

Los padres necesitarán ayuda y mucha dedicación para educar a un hijo con un trastorno auditivo y siempre deben evitar poner en segundo lugar a los otros miembros de la familia, especialmente a los hermanos. La paciencia, la constancia y la actitud positiva son imprescindibles para que la convivencia familiar se desarrolle dentro de unos límites de normalidad y se cree un ambiente emocionalmente estable en el que el niño pueda crecer equilibradamente.